Cuando leía
el texto de la profesora Bonilla y del profesor Pretto sobre política educativa
y cultura digital (Bonilla y Pretto, 2015), inmediatamente me remonté a mi experiencia escolar en Costa
Rica; una experiencia que, aunque sea narrada
desde mi individualidad, tengo la certeza de que constituye la experiencia de
miles de costarricenses que, llenos de ilusión, llegamos con grandes
expectativas a nuestras primeras clases de computación en la década de los 90.
Al igual
que la mayoría de la población costarricense, yo cursé mi educación primaria y
secundaria en el sistema público. En 1995, cuando ingresé al colegio (como llamamos a la
secundaria en Costa Rica), todos teníamos la opción de tomar clases de
contabilidad y de mecanografía (datilografia);
sin embargo, luego de mi primer año en el “cole”, el Ministerio de Educación Pública
anunció que iniciaría un “plan piloto” de clases de computación con algunas
escuelas y colegios públicos del país, entre ellos, el mío. Esa noticia me
llenó de ilusión y, finalmente, tenía una buena razón para asistir al colegio,
de alguna forma sentía que eso me pondría por encima del resto de mis iguales.
Recuerdo
perfectamente cuando empezaron a acondicionar uno de los salones de las clases
de inglés para instalar ahí el laboratorio de cómputo. Todos los días pasábamos
durante los recreos para mirar los avances en la obra que nos catapultarían a
la modernidad. El día que llegaron las computadoras fue uno de los más
emocionantes en la historia del colegio. Profesores y estudiantes salieron a
los pasillos para ver cómo descargaban de un camión las computadoras que tanto
habíamos esperado. El director del colegio nos convocó a una asamblea en el gimnasio
del colegio para decirnos que debíamos estar agradecidos y sentirnos orgullosos
porque nuestro colegio sería un ejemplo para la sociedad costarricense.
Y bueno,
ahora sí, todo estaba listo, ¡teníamos 20 computadoras nuevas para 2000
estudiantes! La decepción y la desilusión no demoraron en llegar. En cuatro
años, ingresé ‒tal vez‒ cuatro veces a
ese salón, es decir, en promedio una vez por año. Con grupos (turmas) de 40
estudiantes, debíamos trabajar en parejas o en trío, por lo que recuerdo que
solo una vez pude poner mis manos sobre el computador. Había un comprado un disquete
(floppy
disk) de 1200 kb
que nunca llegué a usar y lo que ahí aprendí no pasó de encender el computador.
Esta historia estoy seguro de que es la historia de todas las escuelas y colegios
que participaron de ese famoso plan piloto.
Entre las
dificultades que experimentó el plan piloto, puedo recordar: dificultad para
contratar profesores, ausencia de un programa de estudio estructurado,
licencias que se vencían y no eran renovadas, daños y fallas en los equipos que
no eran reparados o sustituidos, ausencia de conexión a internet, inexistencia
de aire acondicionado, espacio físico reducido, equipo limitado y otros de carácter
técnico y gubernamental que posiblemente no supe.
Definitivamente, nuestros gobiernos latinoamericanos han usado el discurso de la inserción tecnológica como una estrategia para conquistar votos y ganar la simpatía del pueblo; no obstante, han olvidado que la solución es integral. No importa si damos una computadora a cada estudiante, pues, si esta computadora no viene anclada a una estrategia de desarrollo mayor, tanto ella como nuestros estudiantes acabarán naufragando en el mar del olvido.




