Para enero de 1991, yo tendría escasos 8 años. Recuerdo que mi madre hablaba de una guerra pronta a estallar y, aunque yo no sabía todo lo que ello implicaba, sabía que no era nada bueno. Días después, lo peor se convertía en realidad: el presidente Bush anunciaba por televisión satelital el inicio de la Operación Tormenta del Desierto; la guerra había comenzado.
Aunque no son muchos los detalles que consigo precisar sobre ese desafortunado evento, recuerdo que cada día pasábamos horas mirando, en la televisión, las transmisiones en vivo de la guerra, que para mí solo eran pequeñas luces sobre un fondo verde oscuro. Años más tarde, descubriría que esa guerra, llamada la Guerra del Golfo Pérsico, era la primera guerra transmitida en directo vía satelital.
En el año 2001, cuando empecé mis estudios en Comunicación, en Costa Rica, en una de nuestras primeras clases sobre teorías de la comunicación, repasábamos ese acontecimiento como una de las muestras más claras del alcance de la cultura de masas y cómo había transformado la forma de vincularnos con que sucedía en el mundo.
Hoy, casi 30 años después de la Guerra del Golfo, nos encontramos hablando de la cultura de midias, de la era digital, de la revolución digital, de la cibercultura y del ciberespacio; y, mientras discutimos el transfondo conceptual de esta terminología, un hombre perpetúa en Nueva Zelanda la peor matanza de la que ese país haya sido testigo; hecho que pone sobre la mesa un importante tema de discusión: el papel de las redes sociales en la propagación de ideas extremistas en la actualidad.
Lo anterior nos remite a uno de los señalamientos hechos por Lévy (en Santaella), al afirmar que las redes digitales, además de conectar personas, contribuyen a crear un lugar para la propagación del odio. Si en el pasado la TV, los diarios y la radio eran los vehículo para hacer propaganda ideológica, hoy las redes asumen esa función, pero de una forma más directa, en la que el usuario se convierte también en productor. Dicha situación nos obliga a regresar al debate sobre el control de aquello que se comparte en la web, particularmente en redes sociales.
Ante este hecho, plataformas como Facebook y Twitter reconocieron su incapacidad para eliminar de sus sitios el video de la matanza, debido a la velocidad con que se viralizó el video. Por tanto, mientras siga habiendo desarrollo tecnológico que impulse la digitalización de la información, será necesario seguir reflexionando sobre su impacto.
https://cnnespanol.cnn.com/2019/03/15/el-ataque-terrorista-en-nueva-zelandia-fue-hecho-para-las-redes-sociales/?fbclid=IwAR2ylkgam2xixJmmOrOqpIKJuvtDxDdolVaiYttSaoEE7XLT2iM1LBMpksI
Un espacio -de aquí y de allá- para discutir, reflexionar, aprender, criticar y, sobre todo, para bater papo. Un lugar de comunicación inter(¿trans?)cultural donde convergen lo físico y lo digital.
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Olá David,
ResponderEliminarenquanto a centralização das mídias de massa oportunizam a disseminação de um discurso hegemônico, as mídias digitais abrem espaços para que a sociedade possa ter um canal onde expressar suas ideias, desejos e necessidades, o que, por si só, é muito bom, pois é propício para a expressão da diversidade. No entanto, essa mesma possibilidade fazem emergir e encontrar eco discursos e ideias de ódio e intolerância, o que, pela velocidade com que se alastram, acabam se ramificando por todo o planeta. Esta é a grande ambiguidade das redes rizomáticas - democracia, direitos, autorias, de um lado, ódio e intolerância de outro. Precisamos é entender onde está o desencadeador desta última variável...